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Rutinas (sabias) de otoño

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Los otoños en Madriz siempre son sabios. Siempre. Es por eso que este verano que ya casi es otoño me devuelve las rutinas olvidadas en los trasiegos del día a día del curso dos mil quince - dos mil dieciséis. Aquellas rutinas que, a pesar de hacerme sonreir como una niña con zapatos nuevos, fueron relegadas al baúl de los recuerdo por demasiados proyectos e incertidumbres.  Pero este curso no será igual. Porque si en otoños pasados ocurrieron mi lápiz de labios rojo o el ceviche y  la locura tapapiesera, en éste ocurrirán las neurolecturas, los estómagos tranquilos y las rutinas que sabiamente el otoño me ha vuelto a traer.  "Un desorden milimétrico  me acerca hasta el lugar lleva a cabo mi propósito  de ser cuchillo y presa a la par" Vetusta Morla. Cuarteles de Invierno

Fiestas de despedida

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Ya hace tiempo que comenzó la cuenta atrás y no es que no me importe, es que simplemente sé que lo hará. Así que vamos a preparar fiestas de despedida, por doquier y a todas horas, por todos los días que se marcharán.  En realidad, las fiestas de despedida ya empezaron hace algunos meses entre cenas, viajes, amantes de varias noches y conversaciones infructuosas. Ya estaba tomada una decisión que no se desarrolló hasta el vigésimo noveno día de aquel agosto de dos mil dieciseis cuando ocurrieron los hechos que A. definió como un comienzo de un fluir diferente. Ese día las camas se removieron, aparecieron los números pares en las habitaciones y se escogió la canción que procedía. Con ella en los altavoces, nos fuimos despidiendo de un año lleno de fotos robadas, de días valientes en los que plantamos cara a aquello que no queríamos y de inicios felices de tiza y rotulador. Seguiremos preparando grandes fiestas de despedida por los días que se marcharán. Pero preparemo...

Los dos únicos miembros

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"Como si llevara aquí una eternidad, no nos pedimos permiso para preguntar.  No hay reglas, no hay contratos, es todo ilegal. Sólo se pone a mi lado así tan normal." Y me acompañas en mis pasos mientras continuo un viaje que espero nunca termine. Gracias por simplemente estar.  #letsgotravel

Musa en paro busca poeta

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Cuando en Madriz empiezan a caer del cielo hojas marrones y amarillas, en nuestras vidas siempre ocurren cosas maravillosas. Un año fueron las sonrisas de una andaluza. Al año siguiente (y al siguiente), los besos de un hombre que me quiso y la locura arrebatadora de descubrir un mundo nuevo. El año pasado recuerdo que sucedieron las calles de Lavapiés, las notas gallegas y los besos con sabor a ceviche y a mate.  Y ahora, en este año que ya se acaba, ocurre que al saber de qué color quiero que sea mi sonrisa al despertar, soy capaz de respirar profundamente, dar un paso atrás y esperar a saber si me apeteces. Y aunque me reconozca en tus canciones y en tu felicidad y me guste cómo brilla tu mirada cuando descuidadamente me observa s, primero, querido, tengo que decidir si me merecen la pena el revoltijo de sensaciones, las camas revueltas y los labios pintados. Primero, voy yo, con mis alegrías y mis sentimientos norteños, con mis rizos y mis besos, con mis atrevimientos y...

Sabiamente el Otoño

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Nuestros lugares comunes residen en las miradas inquietas de una tarde de otoño, en las cervezas en tardes de lluvia y bicicleta y en barrios del extrarradio madrileño. Incluso me atrevería a decir que podríamos encontrarnos en los cuerpos que antaño amamos o en la idea furiosa de un mundo que revolucionar o en un improvisado viaje en bicicleta hacia playas atlánticas.  Nuestros lugares comunes pueden ser todos. O puede no ser ninguno. Pero, en realidad, eso es lo de menos. Porque el otoño, siempre tan sabio, ha conseguido recordarme lo mucho que me gusta pintarme el rabillo del ojo de negro carbón, para salir, felicidad en ristre, a disfrutar de cada paseo callejero, de cada letra que escribo, de cada canción que entono, de cada proyecto que emprendo, de cada sonrisa que arranco. 

Caminante, no hay camino

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No sé muy bien cómo ocurrió. Sólo sé que lo hizo y un buen día todo empezó a ser diferente. No sé si fue aquel 30 de abril triste y descorazonador. O el día en el que me entrevisté para el trabajo que cambiaría mi vida. O cuando N. enfermó. O si fue cuando me diste el primer beso. O quizá fueron las risas de A. y la vitalidad de mi otro A. O igual  tuvieron que ver las canciones que C., muy sabiamente, me ponía en bucle esperando que no pudiera más que convertirme en  una rebelde incansable. Igual ocurrió aquel domingo en el que el experimento no me salió. O el día en el que decidí estudiar Biología. Quizá tuvo que ver aquella adolescencia tan emocionante. O que J. se me acercara aquel día en el pasillo de 3º de ESO a recordarme que ellos seguían allí. O quizá fueron las conversaciones con L., V. y B. O las asombrosas ganas de enseñar de P. Quizá nada de esto tuvo que ver. O quizá, casi con toda seguridad, todas y cada una de estas cosas han hecho que hoy haya sido el día q...

Y al fin ese día llegó

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Un buen día, casi sin quererlo, ocurre que son las once y media de un martes y escribes las últimas palabras de tu planificación: “…y así verificaré la comprensión”. Punto y final. Adiós muy buenas. La función se ha acabado. S’ha acabat. Rematou. Amaitu da. La-úl-ti-ma-pla-ni-fi-ca-ción. I can’t believe it. Y tú eres un cúmulo de sensaciones encontradas. Por un lado, suspiras, aliviado. Ya no más planificaciones. No más “¿cómo vas a transmitir mentalidades?” (uhm, plantear un trasplante de cerebro a los niños es demasiado, ¿no?). No más oraciones subordinadas, procedimientos matemáticos ni present continuous infernales. Ya no más deadlines de 48 h (en serio, ¿alguien lo ha cumplido más de dos veces?). No más discusiones existenciales a las dos de la mañana sobre si la práctica guiada debe o no debe ser dinámica. No más “dormir está sobrevalorado” (¡no lo está!) ni “¿quién está hoy de patio?”. En tu vida ya no habrá más comisiones que salen de debajo de las piedras ni impresoras que ...